EN TIERRA DE DUENDES

The Open día 2: Shane Lowry y JB Holmes, el partido estelar

Rory McIlroy se quedó a las puertas. (Foto: @TheOpen)
Rory McIlroy se quedó a las puertas. (Foto: @TheOpen)
Con opciones de luchar para la victoria del Open Británico están Jon Rahm (-4) y Sergio García (-1) tras una jornada agónica para Rory McIlroy y devastadora para Tiger Woods y Phil Mickelson.
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Asomaban las dificultades para todos. Las propias limitaciones emergían para cada profesional. La lluvia llegó a las 14:19 hora local. Llegó con la puntualidad británica y punzante como las malas noticias. Un aplauso atronador como si hubiese ganado despedía en el hoyo 18 a Tiger Woods (+6). Era, ciertamente, la despedida, al menos hasta el año que viene. Luego diría a la prensa, “I just want to go home.”  (Sólo quiero irme a casa”).

Vaya coincidencia. Cosa de duendes. Casi a la misma hora Youtube me enviaba una recomendación a mi iPhone. La abro y escucho a The Notting Hillbilies cantando en inglés “I feel like going home/…/” (“Señor tengo ganas de ir a casa/Lo intenté y no pude y estoy cansado y fatigado/Todo lo que he hecho estuvo mal”).

Daban las 16:10. A esa misma hora en el hoyo 1, Francesco Molinari, defensor del título, pegaba su segundo golpe empezando el recorrido por el hoyo 1. “Los buenos quedan los demás se van” que cantaba Julio Iglesias para poner música a la evidencia. Pasamos. Otros llegan. Naturaleza es aquello que cambia. Sólo lo sobrenatural y el público norirlandés no mudan: ahí estaban los rorys bajo la lluvia o sobrecogidos por el viento pero firmes en su sitio. Duendes ateleridos.

Ahora el italiano tendría que combatir con la lluvia, con el viento y con la realidad: partía con +3, en ese momento dos golpes más que los necesarios para poder seguir en el fin de semana.

Más difícil lo tenía Rory McIlroy si quería jugar el fin de semana. Lo veremos como los duendes. En el otro extremo del espectro, el de los colores y la felicidad en el rostro, se movían en esta segunda jornada tres jugadores. El primero de ellos era JB Holmes. Fue el primero en dejar en el turno de la mañana un -8 en Casa Club. Parecía un resultado bueno y suficiente para alcanzar el privilegio de jugar el sábado en el partido estelar.

El que más sonrió mientras jugaba fue Shane Lowry que, llevado en volandas por sus paisanos, daba golpes extraordinarios y metía putts extra largos. Llegó a poner en su casillero el doble dígito, pero al final su sonrisa de duende irlandés tuvo una pequeña mueca cuando dos bogeys en los hoyos 14 y 18 sólo le permitieron empatar con el resultado de Casa Club: -8.

Parecida peripecia fue la de Dylan Frittelli quien sonreía con un juego que le llevó a estar en -8 al cumplir el hoyo 16. Pero su salida del hoyo 17 lanzó la bola a la festuca derecha; el pobre - ¿qué duende se le cruzó? – perdió bola y, jugando con la bola provisional y con la correspondiente penalización, se vio privado de alcanzar la primera posición.

Que magia la de golf, como la de los días de los humanos, que lo mismo te tiene en la cumbre que en el abismo. Y qué fuerza se necesita para mantener el tipo y decirle al golf y a la vida, “podré perder hoy, pero el mañana es mío y lucharé… y lucharé para volver a sonreír”. No hay duendes: hay voluntad y la buena ayuda de quienes nos quieren.

No hay duendes, pero de haberlos me quedo con uno irlandés, Leprechaun, el más travieso de la mitología irlandesa. Su aspecto de pequeñajo con ropa verde le mimetiza con el terreno lejos de la costa, entre los árboles y arbustos. En cuanto lo encuentres tu mirada lo hace preso, no puede sustraerse a ella y te llevará hasta las riquezas que dice la leyenda que va atesorando, cuando no está trabajando de zapatero junto a las hadas.

Eso es la bola,  un leprechaun: no dejes de mirarla al hacer el swing y te llevará al hoyo para regalarte el tesoro de un buen resultado. Esa es la vida: no dejes de mirarla con atención y te descubrirás a ti mismo.

Algo de ello procuraba este viernes Rory McIlroy, mirar sólo a lo que tenía delante: la imponente tarea de pasar el corte partiendo de un +8. Tenía que hacer siete birdies. Y los hizo a los hoyos 3, 7, 10, 11 y 12. Cometió un bogey en el 13. Volvió a hacer birdies a los hoyos 14 y 16.

Sólo faltaba hacer un nuevo birdie a uno de los dos últimos hoyos. Tensión y adrenalina ante un público, su público, que lo empujaba con el alma. Pero se quedó a las puertas. Qué pena. Solo para decirse “podré perder hoy, pero el mañana es mío y lucharé… y lucharé para volver a sonreír”. No hay duendes: hay voluntad.

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