TE LLEVO EN MIS BRAZOS

Huellas profundas en la arena: poema desde un bunker

Callamos la boca cuando la bola reposa en un bunker cuyas paredes son altas. (Foto: Pixabay)
Callamos la boca cuando la bola reposa en un bunker cuyas paredes son altas. (Foto: Pixabay)
En general unas huellas en la arena son algo inspirador. También iluminan preguntas, hijas de la fantasía y la curiosidad. ¿A qué pies pertenecen? ¿Qué peso o qué dolor las hundió entre los granos de arena?

 
¿Iban con prisa o miraban el lento y manso alejarse del horizonte? Van, pero no vuelven. Se pierden cada vez más pequeñas a lo lejos y quién sabe si las volveré encontrar. Un día un rostro me dirá “eran mías: mira mis pies, mira mi mirada”. O no.

Todo eso y mucho más por unas marcas de plantas y dedos a la orilla del mar. Pero hay un lugar donde una huella corta de raíz todo pensamiento poético. Incluso anima sentimientos asesinos: el bunker.

En los recorridos de golf, sobre todo alrededor del green, los diseñadores de campos diseminan bunkers para añadir alguna dificultad al juego. A veces, por pocos centímetros de diferencia, una bola pegada por un jugador puede ir al objetivo – el hoyo y su bandera – o al fondo de la trampa.

La palabra bunker suele traducirse en español como trampa de arena. El libro de Reglas de Golf lo define como “obstáculo consistente en un área de terreno preparada, frecuentemente una depresión, en la que el césped o la tierra han sido quitados y sustituidos  por arena o similar”.

Dicho esto,  y si reconocemos con la Biblia que “a cada día le basta su propio afán”, no es difícil concluir que a cada recorrido le basta con su dificultades naturales. Pasamos, por imperativo normativo (de reglas), que al sacrificio de intentar dar golpes certeros a la bola los diseñadores hayan añadido el aliciente de algunas trampas. Pasamos también, por tolerancia y etiqueta, y callamos la boca cuando la bola reposa en un bunker cuyas paredes son altas y estrechas como el Desfiladero de la Hermida en el cauce del Deva (Santander).

Cómo no, disciplinadamente aceptamos también que en el golpe desde bunker no se pueda apoyar el palo, ni quitar hojas y otros elementos sueltos. Son, como se dice, gajes del oficio. Si uno va a jugar al golf se atiene a las reglas de golf y si no quiere verse metido en un bunker debe mejorar su habilidad para no acabar donde todo calma tiene su desasosiego.

Pero lo que no es de recibo es que, desolado por haber tirado la bola al bunker, al llegar a su orilla vea devastado que ella, la bola, yace redonda y oronda, a la altura del talón de una profunda huella dejada así por otro de los jugadores precedentes.

Las preguntas que emergen en esas circunstancias por la cabeza de uno son cualquier cosa menos poéticas y algunas de ellas hacen mención a la actividad presuntamente deshonesta de la progenitora del malhechor.

En las clases de golf, en los entrenamientos, no se enseña “como sacar la bola del bunker cuando reposa en la huella de un hijo de p.”. Probablemente no se enseña eso porque se supone, ignoro con qué fundamento, que todos los que juegan allí son de honrados orígenes.

Le he contado a mi prima Margarita que en el último torneo a mi compañero Julián, justo cuando iba en franca progresión de juego, se le quedó la bola del segundo golpe del hoyo 5 – ese par 5 fácil para un birdie – en el borde frontal del bunker, tan profundamente sumergida en la huella de un desalmado, que precisó de varios golpes para sacarla a la plácida bermuda. Allí acabó para él el torneo.

Y la más bella de las primas, sin inmutarse, dando vueltas a la aceituna de su Martini, ha musitado:
.- Es que ya cualquiera juega al golf.
.- Puede ser. Pero no se necesita ser misionero, ni atleta, ni siquiera un aristócrata para rastrillar y alisar el bunker. Al borde de cada bunker hay uno o varios rastrillo y en diez segundos puede dejarse perfectamente lisa la superficie sin lesiones lumbares ni esguince de braquiorradiales. Lo que te digo, Margarita, no hay que  tener las dotes de un explorador del Ártico para acometer esa simple tarea.
.- Claro que no – concluye mi hermosa prima – no es necesario ser un explorador polar, es necesario ser algo hoy más difícil y escaso: ser una persona educada.

Cierto. Educación, un valor a conquistar gracias al cuál uno no ocupa con un solo coche dos plazas de aparcamiento; algo grande por lo que un avisa de una avería en una farola, sonríe al jardinero, repone el papel de fotocopiadora, deja la toalla usada del vestuario en el lugar destinado a ello y, en fin, atiende antes a las personas que a las máquinas o al propio interés.

Los que, con olvido de los otros, hollaban hoy la trampa de arena querrán escuchar al atardecer de sus días aquel poema anónimo: “es que en tu hora afligida cuando flaquean tus pasos, no hay huellas de tus pisadas porque te llevo en mis brazos”.

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