LUCHADOR CON CORAZÓN

Gary Woodland gana el U.S. Open y Jon Rahm alcanza la tercera plaza

Primer
Primer "major" para Gary Woodland. (Foto: @PGATOUR)
Mientras llega la primera victoria en un major del español, hemos visto la pelea en Pebble Beach por este torneo major de Estados Unidos. Estuvieron cerca de la victoria Justin Rose y Brooks Koepka.
Mucha manga larga en Pebble Beach. El cielo estaba gris perla y el mar no llegaba ni a azul cobalto. Humedad y frio envolvían el juego de la mañana en la ronda final del U.S. Open. Muy pocos, y entre ellos el amateur Viktor Hovland, iban con manga corta. Pero, claro, este es noruego y la orilla californiana del Pacífico debía parecerle templada.

Por cierto, el nórdico iba sonriendo todo el rato como si esto del golf no fuese otra cosa que un juego. Para él lo fue. Y muy rentable, pues con su -4 en total se ganó el premio al Mejor Amateur.

Acaso por esa frialdad matutina no se veían golpes brillantes. Transcurrían los minutos con la monotonía de los días sin esperanza. Ni la nutria de Carmel Bay asomaba sus bigotes.
Rafa Cabrera Bello parecía contagiado de desilusión y terminaba su vuelta en la grisura de un +1 en el día, para un +6 en el total. Adri Arnaus terminaba +5 después de meter en la mochila de su primer major un birdie en el célebre green con árbol del hoyo 18.

Por su parte, las expectativas de Sergio García eran raquíticas a la altura de la mitad del recorrido: un doble bogey en el hoyo 9 era el responsable. Bueno, el responsable era el castellonense cuya concentración andaba más cerca de la dispersión que de la centralidad. Finalmente cerró su presencia en Pebble Beach con un +4.

Jon Rahm era lo positivo que quedaba para las ilusiones rojigualdas cuando en España eran las diez y media de la noche y quedaban diez minutos para que el de Barrica saliese al tee del hoyo 1. Y miren que era en nuestra tierra semana de pactos: qué oportunidad perdida para pactar con el verde campo y poner cordón sanitario al mal agüero. Hacía falta un líder para la tarde y Jon era nuestro candidato superviviente.

Phil Mickelson (+4), más por cortesía que como expresión de conformidad con el propio juego, sonreía al público que le jaleaba en el hoyo 18. Y otro jugador estelar, Tiger Woods, comenzaba con cuatro bogeys en seis hoyos. Pésimo semblante espejo de un espíritu atribulado. Una venda oscura le asomaba por la espalda; el cuerpo no acompañaba.

Ya lo sabemos, el cuerpo da noticia al alma de los dolores y ésta no siempre puede con ellos. En el golf, como en otros deportes, hay un axioma que determina la acción: sin ánimo no hay ánima. O sea, que iba desanimado. Dolores y actitud le arrastraron a un resultado final de -2, lejos de sus metas en un torneo que había sido suyo.

En términos deportivos, estos citados tenían pocos motivos para estar alborozados, pues los de cabeza estaban a diez o más golpes: demasiados para una recuperación en la ronda final y alcanzar la cabeza.

Los líderes lo eran legítimamente y no dudaban de sus posibilidades. La determinación era nota principal. Lo mostraron con buenos golpes desde el principio. No hacía viento y las bolas volaban sin desviación. Cierto que los greens, que no se habían regado, estaban duros. Pero ellos, los mejores, saben cómo medir fuerza y efectos para detener la bola en espacios asequibles al par e incluso al birdie.

Cuando no habían completado el primer tercio de la vuelta las diferencias se estrechaban. En cabeza enseguida empataban a -11 Justin Rose y Gary Woodland. Pero el americano no se conformaba y con otro birdie en el hoyo tres se ponía  -2 en el día. Por detrás Brooks Koepka ya les veía la matrícula a sólo dos golpes. Y Louis Oosthuizen a tres.

No habría cuartel. No se harían prisioneros. Caballeros, sí; pero caballeros de la justa y la tensión. Y  es que el U.S. Open es un sueño que cabe en toda mente de golf profesional. ¿Qué, si no? La ronda final, era ya cosa sólo asequible para este reducido grupo de atletas.

Fue en los primeros seis hoyos donde Brooks Koepka – cuatro birdies en los cinco primeros hoyos - puso claras sus intenciones y daba disparos de aviso de por dónde podrían ir las cosas. Recordemos que este chico de Florida ya ganó dos majors el año pasado: PGA y U.S. Open; que este año ya ha vuelto a ganar el PGA, y que parece haber hecho un master en cómo especializarse en los grandes torneos.

Pero así como Justin Rose cedía – hizo +3  en el día - el líder forzaba la marcha para no dejarse alcanzar ni por Jon Rahm (-3 en los primeros nueve) ni por Brooks Koepka que llevaba los mismos golpes pero un bagaje de más experiencia en ganar torneos mayores.

Las condiciones de los segundos nueve hoyos más la tensión de estar obligados a mejores resultados que el líder lastraron el final del recorrido de Jon (-7) - quedó tercero empatado –, y de el voluntarioso Brooks Koepka (-10) que se hacía con el  segundo en solitario. Los dos se merecen estar donde están por su combate aguerrido hasta el final.

Pero el que supo estar fuerte para defender su diferencia fue el líder Gary Woodland que con -2 en el día y -13 acumulado no dejó resquicio en el muro de defensa de su posición. El de Kansas es de esos jugadores que siempre están ahí. Sin brillo, si quieren, pero ganando puntos con posiciones cerca de las alturas. En 2018 se hizo con el Waste Management de Fénix y obtuvo dos segundos puestos, el CJ Cup & Nine Bridges y el Sentri.

Este es su primer major y en la sala de prensa recibió la llamada de felicitación de aquella chica con síndrome de Down, Ami Bockerstette con la que protagonizó aquella escena tan emocionante que ya contamos en estas páginas. Emoción sobre emoción para un luchador con corazón llamado Gary Woodland.
 

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